¿Para qué sirve la planeación en México?

29 de abril de 2013 - 3:59 am

Cuesta trabajo imaginar gobiernos que llegan al poder sin saber qué hacer, sin una plataforma y un verdadero programa de gobierno, y que necesitan escuchar los deseos de todos para con ellos configurar sus decisiones.

Hay un frenesí de planificación. Se multiplican consultas y foros coordinados por altos funcionarios, consejos consultivos, y multitud de oradores y presentaciones en Power Point. Que si el Plan Nacional de Desarrollo (sí, con mayúsculas), que si el Programa General de Desarrollo Urbano (también con mayúsculas) en el DF. Luego vendrán en catarata todos los programas sectoriales para continuar el paroxismo planificador. Porque Plan, sólo hay uno, como Dios Padre; los demás son programas. Lo mandan los Artículos 25 y 26 Constitucionales vigentes y la Ley de Planeación, curiosamente alumbrados en tiempos de Miguel de la Madrid, a quien nadie hubiera podido acusar de estalinista.

Hoy es un ejercicio obsoleto, híbrido entre lo que hacía Gosplan en la Unión Soviética y un happening de democracia directa, relaciones públicas, y ceremonial de autoafirmación y representación de relaciones de poder. ¿Sirven de algo los planes?

Cuesta trabajo imaginar gobiernos que llegan al poder sin saber qué hacer, sin una plataforma y un verdadero programa de gobierno, y que necesitan escuchar los deseos de todos para con ellos configurar sus decisiones. Si fuera así, habría que arrodillarnos y rezar. La planeación ¿llena el vacío que dejan campañas electorales huecas, sin contenidos y sin oferta política clara? ¿Sirve para cubrir nuestro déficit de racionalidad pública electoral?

Lo que intuimos es que los planes sirven de muy poco. Hay que sospechar que la realidad de gobierno los deroga desde el primer día, y que sólo adornan estanterías cuando están bien encuadernados. ¿Es verdad que planes y programas tienen un impacto en las decisiones de política pública y en la dinámica del desarrollo? Lo que se entrevé casi siempre es que los planes sólo codifican, en el mejor de los casos, decisiones que se han tomado con anterioridad y que se hubieran dado de cualquier manera, para bien o para mal.

La planeación debe ser evaluada a partir de su impacto causal o de las consecuencias objetivas que tenga sobre los patrones de crecimiento y desarrollo, sobre la estructura del gasto público, y sobre los incentivos (regulaciones, impuestos) que determinan las conductas de los actores económicos. Existe poca evidencia, pero la simple observación nos indica que en México tales consecuencias son nulas o muy poco significativas. Se impone una pregunta contra-factual: ¿las cosas hubieran sido diferentes en ausencia del plan? Puede asegurarse que no. Lo ocurrido durante un gobierno ¿puede atribuirse al contenido del plan? Pues tampoco. Bueno, pero se diría que la planeación también tiene el objetivo de hacer emerger consensos y de crear por tanto cierto capital social. Esto puede concederse, aunque hay formas mejores y más eficientes de lograrlo. (Millard-Ball, A. 2012. “The limits to planning, causal impacts of city climate action plans.”JPER.)

Es posible admitir que la planeación persigue igualmente coordinar decisiones interdependientes o intersectoriales al interior del sector público, o frente a otros actores, cuando hay altos costos de transacción. Puede ser. También puede ser que con la planeación se busque modificar las percepciones, preferencias, o la información que tiene la ciudadanía con la finalidad de darle viabilidad a decisiones pre-establecidas. Esto suena más lógico, junto con la posibilidad de que sean un disuasivo, es decir, que le genere costos políticos a quienes no se ajusten a decisiones tomadas previamente y que serán consagradas en los planes. En fin, la verdad es que no sabemos. Sería muy bueno que nos aclararan para qué sirve la planeación en México.

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